viernes

no recordaba tu nombre y los ojos se le llenaron de lágrimas. sabía que en algún momento había visto las letras, recordaba su forma, pero al convertirse en hombre perdió la habilidad de armar las palabras (sus manos siempre han sido torpes). todas las noches se acercaba a los pies de tu cama (o de tus sueños) y te miraba. en silencio. te miraba.
no recordaba tu nombre y enfureció y derramó los vasos. no conforme aun rompió los vidrios, que abrieron sus heridas, y ahora un río carmín corre por su piel.
vos te le acercaste y mojaste los pies, después las manos, con ellas y las gotas mojaste la cara. respiraste un perfume oscuro. una mezcla de huecos y huesos echados a perder, pues nadie ha caído en los agujeros ni nadie ha comido los restos de carne que quedaban sobre ellos.
no recordaba tu nombre y el río corría y rebalsaba. tiraste unas monedas al aire y pediste un deseo. el de siempre o cualquier otro. daba lo mismo. vos no creías (no crees) en nada. después saliste corriendo y caíste al piso. cuando comenzaste a quedarte sin aire quisiste escapar a un bosque, como no te podías levantar imaginaste un árbol (el árbol es la verdad, dicen). ahí te diste cuenta que tus manos estaban rojas y que sobre vos también había un río.

(sobre todos corre un río carmesí. porque alguna vez hemos enfurecido y querido desnudar las cosas o destrozarlas -y lo hemos hecho-. es que alguna vez nos ha herido el olvido, el no recordar los nombres, y desde entonces la sangre corre fría sobre nuestra piel)

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