cinco flores amarillas en el florero blanco de la cocina. un café y una mesa vacía. me siento. lentamente comienzo a desarmar mis manos. con los dientes arranco dulcemente cada uno de mis dedos. un festín para mis colmillos hambrientos. voy a guardarlos bajo llave para que nunca olviden el recorrido de tus bordes infinitos. los dedos y los dientes blanquísimos, como el florero que el tiempo convertirá en ataúd de los tallos. porque toda el agua nunca será suficiente para calmar la sed verdadera.
una vez olvidados los nombres de las cosas, la memoria me dejará recordar los objetos. entonces ya nunca más nos besaremos las bocas. ni nos bautizaremos a los gritos cuando la fiebre empiece a
derretirnos la carne.
a veces es necesario consumir el fuego de un sólo golpe. usar las manos para algo mas útil y menos hermoso que un poema. pero las mías siempre han sido torpes. nunca aprendieron a leer lo que escribían sobre tu espalda. es que las palabras me aburren. me encantaría que cobren vida entre tus labios, como las flores amarillas alguna vez. pero tu lengua se ha vuelto vidrio y mis gustos han cambiado.
sobre la mesa, la sangre entibiándolo todo. pero algo no está bien. necesito recuperar mis manos. vaciar el cuerpo de toda sustancia oscura, de toda luz anochecida. quitar la tierra acumulada sobre los huesos. sacarme el gusto amargo de la boca. devolverle a las cosas su forma primera. cerrar los ojos. imaginar un bosque. necesito que me devuelvan la primavera para que los jardines amarillos vuelvan a florecer.

No hay comentarios:
Publicar un comentario